El saludo de Pablo a Timoteo resume la vida cristiana en tres palabras: gracia, misericordia y paz.
La gracia nos remite al pasado y a la salvación recibida: «Por gracia hemos sido salvados» (Ef 2,8). La misericordia habla del presente, de los dones que Dios sigue concediéndonos y de su llamado a vivir con compasión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13). La paz, en cambio, orienta nuestra mirada al futuro, pues en Cristo encontramos la plenitud de la paz prometida.
Toda nuestra historia está marcada por estas tres realidades. La gracia nos sostiene, la misericordia nos acompaña y la paz nos atrae hacia la meta.
Pablo exhorta a Timoteo a «reavivar el don recibido». Con ello nos recuerda que los dones de Dios son como semillas que deben cultivarse. Si no los cuidamos, pueden debilitarse y perder fuerza en nuestra vida.
Alguna pregunta que cabe hacernos: ¿Hemos dejado apagar algún don que Dios nos concedió? ¿Qué prácticas de oración o piedad que nos hacían bien hemos abandonado? ¿Qué obras de misericordia hemos dejado de realizar? ¿Qué oportunidades de hacer el bien hemos dejado pasar?
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