Comentario diario

Entonces, ¿dónde está la carencia?

Hoy he tenido un encuentro con un chaval de dieciséis años que quería contarme algo importante. Se me ha presentado con un sudadera verde algo ochentera y me ha saludado con un rictus de seguridad. Era la primera vez que nos veíamos y no apreciaba en él ningún desconcierto. El caso es que quería ir al grano, ?verá, padre, quiero bautizarme pero no sé nada de la fe cristiana, ¿qué tengo que hacer??. Le pregunté qué sabía de Jesucristo, de los apóstoles, de los sacramentos. ?Nada, padre, estoy yendo a misa los domingos y quiero empezar, quiero saber la verdad sobre mi necesidad de respuestas?. Hacía tiempo que no encontraba a una persona nacida en España, donde se presupone eso que generalizamos con el concepto ?cultura católica?, sin un asomo de barniz terminológico o quizá de alguna referencia ligera. Nada. Vamos, que Felipe lo tuvo más fácil con el eunuco etíope que se encontró en un carro camino de Gaza, porque por lo menos éste leía a Isaías y el apóstol lo ayudó a descifrar la lectura. ?¿Quiénes eran los apóstoles, padre??. Este chico es un reto, porque empieza como se deben empezar las cosas, sin datos, ni prejuicios ni resabios mal aprendidos. La pared está en blanco y hay que comenzar por un trazo sólido. A mí me parece que para esta Cuaresma que se abre mañana, deberíamos tener la misma actitud de inauguración para cada uno de los cuarenta días. No dar nada por sabido, nada por sentado. Incluso cuando mañana nos pongan la ceniza en la frente, deberíamos aprender a colocar la cabeza en posición de máxima humildad, como quien desconoce todo y necesita ser completado, rellenado, okupado. Hay que bajar mucho la cabeza y no mirar hacia arriba con suficiencia. Y desde ahí, desde tan abajo, preguntar al Señor, ?¿dónde estás?, he venido a dejarme hacer por ti?. Dar por sabido, es la mejor guía de la confusión, es la brújula del que empieza y termina en sí mismo. Les pasó a los apóstoles en el Evangelio de hoy. Habían visto con sus propios ojos la multiplicación de los panes y de los peces. Ahora que habían subido a la barca, estaban nerviosos por olvidadizos, se habían dejado en tierra algunas hogazas y se reprochaban el descuido por si les venía hambre durante la travesía. Más desconcertado que enfadado, el Señor les reprocha, ?¿no acabáis de comprender??. Es decir, ¿no le tienen a Él en la barca?, entonces, ¿de qué carecen? La traducción de la existencia humana es que con Él no carezco de nada. Hay una palabra bellísima italiana de difícil traducción, mancanza, que indica falta, privación, vacío? Por esa mancanza nos compramos ropa, picamos a deshoras, porque asusta vivir y nos queremos llenar de cualquier cosa para sentirnos seguros. Pero la mancanza ya no ocurre en la proximidad con el Señor. Eso es lo que quiero transmitirle al chaval de dieciséis años. Es curioso, el chico de la sudadera verde tiene todo el futuro por delante, y ya se ha dado cuenta de que no puede dar un solo paso sin que una Persona le dé un sentido para el resto de sus días. Su primer gran logro en la vida no es la elección de una carrera de ingeniería, sino una pausa para saber hacia dónde y con quién va. Lo demás será el dinero, la apreciación pública, la familia, la descendencia. Pero la seguridad personal ya no se la va a dar su propia cabeza, sino la relación con Aquél que lo está esperando.

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